En el bosque laberinto

Para cuando uno está así, como medio vuelto una mierda, no hay nada mejor que desconectarse de la vulgar humanidad que tanto hace mal a los corazones simples y escuchar un buen concierto de Bartok… ojalá las danzas rusas para Viola… como para uno sentir que se le está cayendo de lepra el alma. Hoy toca fondo mi alma, mi cuerpo y mi espíritu… me gustan las montañas rusas, pero les temo. Soy consciente que entre mas alto subes y le pones más emoción, así mismo es el vacío de la bajada. Así estoy hoy, agarrándome a manos y dientes de la banderita de la cúspide de la montaña, negándome a caer como quisiera el mundo… pero la bandera es frágil y mis brazos nunca han tenido la fuerza suficiente. No quiero caer, quiero esforzarme, levantar una pierna y ayudarme a subir, quiero tener el valor suficiente para no salir corriendo como hasta ahora. Después de una plétora de felicidad, hoy queda una sensación de hastío de mi misma. Esa sensación que hace que uno se deteste por tener corazón y por pensar al mismo tiempo… ese artefacto rojo lleno de músculo y sangre solamente hace doler el estómago cuando se combina con el cerebro. No se porque nos mandaron con un aparatejo de esos. Hoy quisiera escribir buenas nuevas, hoy quisiera creer que la felicidad – esa idea estúpida de felicidad –  puede mantenerse en “un mundo real” en una cúspide sólida, en una banderita que resista mi peso, en una mano que le guste la mía y en la que quepa perfectamente.

“Ya viví demasiado tiempo en un bosque… no quiero volver allí” – dijo con voz bajita la estúpida princesa, mientras se recogía sobre un tronquito viejo abandonado por ahí a la suerte de la descomposición orgánica y del trabajo de las hormigas. La princesa tenía su siempre gastado y sucio vestido blanco que llegaba hasta ocultar sus pies… cuando caminaba entre la maleza parecía levitar (podría producir miedo, a veces, muchas veces)… sus pies descalzos, cansados, cayosos, sucios y tristes querían salir del bosque que tantas veces la hizo sentir miserable. Que la hace aún, sentir miserable a ratos. “¿Será que los príncipes existen?” – se preguntaba mordiéndose el labio inferior, torciendo la boca hacia un lado como si pensara mucho y saboreando a ratos las lágrimas acostumbradas a resbalar a lado y lado de su cara. “¿Será que hay un príncipe para mi?” – silencio en el bosque… silencio del que aturde… maldito silencio de las noches de soledad o de los encuentros en los que no hay nada más que decir.

Como ahora… no hay nada más que decir. Por lo menos yo, no tengo ni palabras, ni letras.

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