Recuerdo el sol inclemente del medio día sobre mi cabeza partida en dos por dos “colas” enmarañadas, como resultado de los juegos del último recreo en las canchas de baloncesto. Recuerdo el timbre (o la campana cuando no había energía), que impulsaba el sistema turbo de cientos de pequeños pies, hambrientos de alcanzar el mejor lugar en el bus del colegio. En especial el asiento al lado de la ventana que con todas las fuerzas se luchaba dejar más grande que la del vecino de adelante. Recuerdo el delantal sucio, ese delantal de pepitas vinotinto que tenía marcado en su bolsillo derecho en letra palmer: maria lucia muñoz grass. Era un nombre muy grande para ese bolsillito. Allí, en el bus azúl de mi colegio de básica primaria, me sentaba en los puestos de adelante con los pies colgando, abrazando maletín, lonchera, recuerdos y una que otra florecita arrancada por ahí, que tenía por destinataria a mi madre. Ese escenario me recuerda siempre que miraba mis manos y las comparaba con las de la vecina, que por lo general, era una niña de algún curso mayor. Las comparaba con las de la señora que nos cuidaba durante el trayecto y con las del conductor que sostenía el timón grande de forro rojo. Eran pequeñas y gorditas (dependiendo del punto de vista del observador, puede que aún lo sean). Recuerdo siempre pensar cuándo crecerían.
Esa labor la hacía todas las tardes, en el mismo bus, bajo el mismo inclemente sol de medio día. Y mis manos seguían iguales: pequeñas y gorditas. Pasaron meses, cambiaron buses, pasó primaria, pasó el colegio, cambié monjas por profesores que no se sabían el ave maría, pasaron resistencias, condensadores, bobinas y exámenes de campos… pasó la vida.
He vuelto entonces a mirar mis manos. Ya no son pequeñas y gorditas (bueno, insisto, que depende del punto de vista del observador) pero para mi no lo son. Son manos largas de violista frustrada, son manos que han tocado corazones y que las han tocado con amor, con otro tipo de amor al que se recibe y se dá a los 8 años. Son mano grandes que han golpeado con odio, con esa ira profunda que solo se compara a la rabia que te produce una niña grande que te roba la lonchera (en el mismo bus azúl), sin embargo, esos odios sí se olvidaban al día siguiente. Aún son manos gorditas, que adoran ser abrazadas, entrelazadas por otras manos… que aún abrazan recuerdos, muchos más… y que aún adoran arrancar florecitas por ahí, para la misma destinataria.
Hay días como este en el que no dan ganas de hacer un sieso. Día de tonalidad “gris contaminación”, aire pesado que no deja respirar… aspiro profundo y mis pulmones se llenan de una mezcla de O2, nostalgia, ansiedad y dióxido de carbono. Este último en mayor porcentaje de ocupación. La nostalgia que baja por mis pulmones se desplaza a la sangre limpia que sale del corazón… extraño mi hogar, mi cielo, mi vida… extraño lo que tuve, lo que no tengo, lo que jamás tendré…. amo lo que tengo y siempre pido mas: más corazón, más caricias, más presencia… amo lo que tengo y lo que jamás tendré. La ansiedad que mortifica mi alma, entra por mis pulmones y disminuye mi capacidad pulmonar… cierra la traquea, el esófago y finalmente genera una sensación de mareo. Pero ansiosa de abrazar, de besar, de acariciar… ansiosa de querer, de ser querida, de hablar y de escuchar… ansiedad de volver al hogar. El dioxido de carbono será desplazado por el O2 limpio de los Guayacanes del parque… la nostalgia alejada por los arrucos maternales y el olor inigualable de esa casa bendita… la ansiedad desaparecida por la sonrisa tierna fraterna y la picardía infantil de mi padre.
Me voy… para oxigenarme el alma, para purificar mi corazón y para tranquilizar mi cabeza.
Ya vuelvo.
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Buenas buenas… hoy, aprovechando 15 minutos de aflojada de cadena en el work y mientras muevo el pie en circulitos para activar nuevamente la circulación que aprisiona el grillete de tacón alto de las oficinas de hoy día, me he sentado frente al artilugio de letritas blancas con negro en el cual trabajo 18 horas para compartir un cuento que me encuenta (sinónimo de “encanta”) y que lastimosamente no se de quién es… ahí perdonarán la falta de atribución de derechos de autor.
Se titula “el duende verde muy verde” (eso creo)
Había una vez un duendecito verde, que vivía en un bosque verde, en una casita verde con verde chimenea. Le encantaban sus matas verdes, su cerca verde y los cuentos verdes muy verdes. Una noche, después de un día perramente verde, verde de la piedra se dispuso a decansar. Tomó uno de sus libros verdes de la librera verde, se sentó en su sillón verde e inició su verde lectura para relajarse verdemente. De repende, en medio de la noche verde, tres golpes verdes en su puerta verde interrumpieron el verde silencio del bosque….
toc, toc, toc
- Quién es?? - preguntó verde del susto el duendecito verde. Pero nadie respondió.
toc, toc, toc
- QUIÉN ES??!!! - gritó. -Quién osa interrumpir mi momento verde??!!!
Se bajó del sillón, metió sus piecitos verdes en las pantuflas… que adivinen de qué color eran, y caminó hasta la puerta verde. Temblando de lo verde abrió la puerta verde un poquitico y se asomó.
Frente a el, encontró una carita sorprendida de un duendecito rojo, que rojo de verguenza exclamó:
- Perdón! creo que me equivoqué de cuento!
(adaptación de malucia de lo que se acuerda era el cuento original)
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Todo es gris… el azúl ya no es lo que era. El rosa acaramelado del cielo tampoco. Ya no soy yo, ni lo que era.. ni lo que quise ser.
Que parte de mi se perdió y en dónde? Por que el vacío tan grande en el pecho, en el estómago, en la cabeza… Dios! donde estoy?
Solía tener alas en los pies para sonreir tras cada paso que daba… solía tener alas en las manos, para cuando escribía aquí, en un cuaderno, en cualquier papel… antes, todo era así… como una sonrisa.
Y ahora? me doy cuenta que lucho cada vez mas por sonreír.
Duele ya la cara de tando forzarla… y la verdad, ya ni siquiera lo quiero intentar.


